El mundo en la mano
25 julio 2009
No me gusta escribir artículos en primera persona. Pero cuando, hace un mes, tuve que entregar un reportaje para la escuela, creo que, por primera vez, me costó mucho escribir en tercera lo que quería contar de mi día pasado con Carlos. Desde hace tiempo que quería escribir este post pero lo he dejado allí, a reposar. Por fin llego, después de un mes de silencio, y la mejor manera de retomar la senda es contar la historia de Carlos. Antes de ponerme a escribir he releído lo que tenía guardado en una de las desordenadas carpetas de mi ordenador. Tengo un borrador en primera persona y una versión oficial. La que pongo aquí es una mezcla de las dos. Y está escrita en primera persona. Un homenaje a Carlos y a lo que me enseñó. Ah, este post sale de momento sólo en castellano. Porque ya es muy, muy largo. Pero también porque así nació y porqué Carlos, si podrá leerlo, lo tendrá más fácil.
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En esta entrevista mi acento italiano no se nota. Ni se nota si llevo una chaqueta o voy más deportiva. Porque el mundo de Carlos no lo pintan ni los sonidos ni las imágenes. Él vive en la yema de sus dedos. Como otras 6.000 personas en España, Carlos es sordociego. Una realidad invisible la de una discapacitad que hasta hace tres años ni siquiera estaba reconocida con una definición propia. Las personas como Carlos o eran sordas o eran ciegas y su condición era considerada como la suma de la ceguera y de la sordera. Sin serlo. Porque lo que queda de un mundo sin sonidos ni imágenes no es el resultado de una pura resta.

Jesús describiéndole a Carlos la Plaza Mayor
Empezamos de verdad…Cominciamo davvero
12 junio 2009
La de L. es una de aquellas historias que tienen todas las tres D que, como dice Miguel Angel Bastenier, hacen una historia: Drama, Dinero y Diversión.
El drama: haber decidido mudarse a España para buscarse la vida justo cuando comenzó la crisis, y haberse quedado sin un duro y sin trabajo, con una pareja y una hija de dos años en Cali que no sabe quien es su padre.
El dinero: el que no tiene y que se gastó para llegar a España y comprar el permiso de residencia casándose con una mujer que no es su mujer aunque lo sea para la ley de extranjería y el Estado español.
La diversión: la de los chistes que hace con sus amigos colombianos esperando en un rincón de la periferia sur de Madrid que alguien pase a ofrecer una jornada de trabajo.
Este rincón es la Plaza Elíptica, uno de los mercados de la mano de obra barata e ilegal que alimentan las obras en la Comunidad de Madrid. Es aquí donde conocí a L. hace dos semanas. Su historia no acabo en mi “pieza”. Y tampoco lo hizo todo lo que aprendí de L. en las pocas horas que pasé con él. (sigue con la versión italiana al final…)